La seguridad ha evolucionado de ser un mero tema de discusión social o político a transformarse en una variable económica decisiva en la atracción de capitales. En un contexto donde la competitividad de los países se mide no solo por sus recursos naturales o su infraestructura, sino también por la percepción de seguridad que pueden ofrecer a inversores y turistas. Un claro ejemplo de esta transformación se observa en El Salvador, país que ha implementado mejoras significativas en sus políticas de seguridad, logrando así un aumento notable en sus indicadores de inversión y turismo. El giro en sus estrategias de seguridad ha sentado las bases para un debate urgente en Chile, donde la inseguridad empieza a despertar preocupación entre los sectores económicos.
Según el Departamento de Estado de Estados Unidos, El Salvador alcanzó en 2024 flujos netos de inversión extranjera directa (IED) que ascendieron a US$639,6 millones, representando un 1,8% de su PIB. Paralelamente, Chile se consolidó como un destino atractivo para inversores, con una IED de US$15.319 millones, un 4,5% de su PIB. A pesar de haber superado a El Salvador en términos absolutos, la economía chilena enfrenta un crecimiento más moderado, sumado al aumento de las preocupaciones sobre seguridad interna que podrían afectar su atractivo inversor. Así, ambos países ofrecen un contraste que invita a la reflexión sobre cómo la seguridad influye en el bienestar económico y social.
El auge en el turismo salvadoreño es otra nota positiva que acompaña a la mejora en los índices de seguridad. Con 3,9 millones de visitantes en 2024, El Salvador registró un aumento del 17% en comparación con el año anterior. Este incremento se refleja en la percepción pública y el respaldo que la gestión de seguridad ha tenido, con un impresionante 96% de aprobación por parte de los ciudadanos, de acuerdo a la consultora CID Gallup. Esta aprobada gestión no solo contribuye a la creación de un ambiente seguro, sino que también se traduce en una disminución del riesgo operativo para los inversores, permitiéndoles una mayor confianza en la planificación de proyectos a largo plazo.
Rodrigo Ayala, presidente de la Agencia de Promoción de Inversiones y Exportaciones de El Salvador, ha declarado que “la seguridad se ha convertido en un factor determinante para evaluar riesgos y proyecciones a largo plazo”. Esto resalta la importancia de las condiciones de estabilidad en la economía y su conexión directa con la disposición de los inversionistas para arriesgar su capital. Si bien Chile ha gozado históricamente de un entorno favorable para negocios, el clima de inseguridad que vive actualmente podría poner en riesgo su estatus como líder en la región, haciendo necesario un análisis profundo sobre cómo revertir esta tendencia.
En este sentido, la relación entre seguridad y economía se sitúa en el centro del debate chileno, donde una encuesta de Ipsos ha revelado que el 63% de los chilenos considera el crimen y la violencia como su principal preocupación. Este clima de inseguridad, según empresarios y analistas, puede ser un factor limitante en la confianza empresarial y, por ende, en el clima de inversión. A medida que la competencia por atraer capitales se intensifica en la región, la experiencia salvadoreña nos recuerda que la seguridad puede ser un activo tan relevante como los incentivos tributarios y la infraestructura misma. Chile, por lo tanto, se enfrenta a un reto crucial: fortalecer sus condiciones estructurales de seguridad para preservar su liderazgo en el ámbito de la inversión.




