El concurso Miss Universo de 2025 se ha transformado radicalmente, y la figura de Inna Moll como Miss Chile ejemplifica esta evolución. Desde sus inicios, Miss Universo había operado bajo un modelo que privilegiaba a un jurado elitista como el único árbitro de la belleza y del talento. Durante las décadas de los 70 a los 2000, la selección se basaba en un esquema que excluía la voz y la participación activa del público. Las candidatas eran vistas únicamente como embajadoras de una marca construida por la organización y sus patrocinadores, sin la capacidad de influir realmente en los resultados. En este contexto, la belleza era un activo pasivo, en el que el espectador se limitaba a consumir entretenimiento sin tener ningún poder de decisión.
Con el advenimiento de las redes sociales y nuevas tecnologías, desde 2010 en adelante el modelo ha cambiado drásticamente. El concurso ha comenzado a integrar el crowdsourcing como una herramienta esencial para redefinir el proceso de selección de las ganadoras. Ya no es suficiente que una candidata sea bella; ahora debe ser también una influencer estratégica capaz de movilizar a su base de seguidores. La votación se ha democratizado y convertido en un vehículo de monetización directa, donde cada voto cuenta como una transacción que contribuye a la visibilidad de las marcas que patrocinan el evento. Este cambio ha permitido que los fans se conviertan en micromecenas, dando un nuevo sentido al papel de las candidatas en la competencia.
El caso de Inna Moll, Miss Chile, es un claro reflejo de esta nueva economía del voto. Su desempeño no solo se mide por las entrevistas, sino por la cantidad de votos que es capaz de movilizar. Esto requiere que su equipo invierta en campañas digitales creativas que retaquen su imagen y cómo se conecta emocionalmente con el público chileno y la diáspora. Deben implementar estrategias de marketing que generen interacción y engagement, utilizando plataformas como TikTok e Instagram para crear contenido que resuene en el corazón de sus compatriotas. Esta nueva dinámica no solo genera votos, sino que también ofrece a la organización una valiosa base de datos sobre el perfil de los votantes.
La economía del voto en el caso de Inna Moll establece que, al ganar la votación en línea, no solo asegura una posición en las semifinales, sino que también aporta a la organización insights fundamentales sobre su audiencia. Cada interacción se traduce en información sobre quiénes son los votantes, de dónde vienen y cuánto invierten en el concurso. Estos datos no solo son valiosos para la competencia, sino que también amplifican el retorno de inversión (ROI) en logística y promoción, convirtiendo los votos en activos tangibles para el evento.
En conclusión, el concurso Miss Universo ha evolucionado hacia un modelo de negocio donde la belleza se entrelaza con la economía digital. Ya no es solo un certamen de belleza; se ha convertido en un fenómeno mediático que utiliza Big Data para medir y maximizar el engagement de los espectadores. Los patrocinadores ahora buscan métricas de conversión más allá del simple rating de televisión, incentivando a un enfoque centrado en el consumidor. La capacidad de Inna Moll para conectar con su audiencia y movilizarla determinará no solo su éxito en el certamen, sino también un nuevo paradigma en la industria del entretenimiento y la belleza en la era digital.




