Durante los últimos meses, los reportes climáticos han proporcionado una asertividad notable, preparándonos para navegar la incertidumbre de la naturaleza. Este análisis riguroso del clima no solo influye en la vida cotidiana, sino que también impacta de manera significativa en la inversión y los proyectos mineros en Chile. A pesar de parecer evidente, es fundamental recalcar que los datos relacionados con la minería son cuantificables y consensuados por diversas instituciones, como CBC, COCHILCO y el Consejo Minero. De hecho, al observar la situación actual del sector, parece que nos encontramos en un punto de inflexión que podría marcar el inicio de un nuevo “súper ciclo minero” que promueva el liderazgo de Chile en la industria.
El entusiasmo que rodea a la proyección de la inversión minera para el periodo 2025-2034, que asciende a unos impresionantes US$ 104.549 millones, es innegable, con el cobre y el litio como los protagonistas en la transición energética global. Sin embargo, preocupa el avance hacia 2026 y la lenta activación del ciclo minero, a pesar de los precios competitivos del cobre. Esto deja a las empresas en un estado de incertidumbre, cuestionándose sobre las bases que legitiman estas expectativas de crecimiento. Si bien los fundamentos técnicos parecen robustos, con una considerable inversión de US$ 84.684 millones destinada a proyectos brownfield, la materialización real de esta inversión sigue siendo una incógnita.
La cartera de proyectos presenta un dato crucial que a menudo es pasado por alto: el 63% de esta inversión está destinada directamente a obras de construcción esenciales, que incluyen infraestructura hídrica, vías de conectividad y redes de energía. Este rol habilitador de la construcción es vital para concretar el potencial geológico de Chile. Luego surge la pregunta sobre cuáles áreas deben ser mejoradas para estar listos ante el escenario que se avecina. El diagnóstico de la industria es claro, apuntando a cuatro desafíos principales: fomentar una cultura de confianza, gestionar correctamente el talento humano, renovar los modelos de negocio y mejorar la productividad a través de una mayor colaboración.
Desafortunadamente, el estancamiento de la productividad laboral en la construcción es alarmante, con un crecimiento promedio de solo el 0,4% entre 2000 y 2022. Esta cifra está muy por debajo del crecimiento del sector manufacturero y de la economía en general. La baja productividad ya no es un simple inconveniente; se ha convertido en un factor crítico para la sostenibilidad económica y ambiental de la minería. Cuando consideramos los megaproyectos mineros, la razón de su fracaso raramente está relacionada con la calidad del yacimiento, sino más bien con la ineficacia en la ejecución, marcada por sobrecostos y retrasos significativos atribuibles a modelos contractuales anticuados.
La falta de innovación y colaboración efectiva en la industria minera refuerza esta situación negativa. Aunque muchas empresas chilenas están invirtiendo en tecnología, no están desarrollando soluciones internamente. Los economistas sugieren que el avance real se producirá cuando las empresas puedan identificar sus debilidades y colaborar con universidades para desarrollar tecnologías locales. A medida que la industria busca transformarse, se hace evidente que la clave del éxito en futuros proyectos mineros residirá en la integración de la cadena de valor, fomentando una colaboración radical basada en la confianza. Para que el sector minero sea un motor de desarrollo a largo plazo, la cooperación entre el sector privado, las empresas y el ámbito académico debe ser una prioridad.




