Desde el inicio de la guerra entre Estados Unidos e Irán, la industria petrolera ha enfrentado retos sin precedentes, cuyas consecuencias son palpables en todo el sistema económico global. A medida que el suministro se ve comprometido en puntos críticos como el estrecho de Ormuz y el mar Rojo, los precios del petróleo han alcanzado niveles alarmantes, superando los US$100 el barril en las últimas semanas. Esta escalada en los precios responde no solo a ataques militares, sino también a las constantes publicaciones en redes sociales que moldean las expectativas del mercado. Proveedores y refinerías están atrapados en un ciclo de desafíos logísticos, lidiando con cuellos de botella y costos operativos crecientes, además de señales de una demanda que comienza a debilitarse en medio de un gasto reducido impulsado por el alza de costos de energía.
En este clima de incertidumbre, las empresas petroleras están obligadas a adaptarse rápidamente a un mercado donde tanto la oferta como la demanda pueden cambiar de la noche a la mañana. Joachim Boese, director industrial del área de Petróleo y Gas de AVEVA, sostiene que tener una visión operativa actualizada sobre el panorama energético global se ha convertido en un factor crítico para poder anticiparse a los cambios del mercado. Durante los cinco meses desde que comenzó el conflicto, el precio del crudo Brent ha fluctuado enormemente, lo que representa un desafío constante para los productores y las refinerías. Sin embargo, estas fluctuaciones pueden presentar oportunidades para aquellas organizaciones que sean capaces de actuar más rápidamente que el mercado.
Históricamente, las empresas energéticas han buscado maximizar su eficiencia y reducir costos. Hoy en día, aun cuando esos objetivos siguen vigentes, se ha vuelto evidente que la resiliencia y la agilidad son igualmente importantes. En este sentido, Boese compara el sector energético con barcos que navegan en medio de una tormenta; la equipación de cada embarcación define su capacidad para resistirla. Las organizaciones que implementan sistemas operativos conectados se posicionan mejor para capear las adversidades. Esta innovación implica una visión más holística que abarca a todos los actores involucrados en la ruta del petróleo, promoviendo una cooperación más efectiva en toda la cadena de suministro.
Los expertos han llegado a describir nuestro tiempo actual como la “era de la permacrisis”, donde las interrupciones en el suministro energético se superponen y ocurren simultáneamente, complicando aún más el escenario. Una interrupción en el estrecho de Ormuz, nuevos ataques en el mar Rojo o sanciones más severas a las exportaciones rusas pueden alterar drásticamente la disponibilidad del crudo en cuestión de horas. En lugar de depender de un enfoque manual para manejar estos escenarios operativos, las empresas han comenzado a adoptar sistemas de inteligencia artificial que analizan miles de combinaciones y variables en tiempo real, optimizando su rentabilidad y adaptando sus operaciones según las condiciones del mercado.
La digitalización ha demostrado ser una herramienta clave para la industria energética. Según un análisis de McKinsey, las organizaciones que han creado conexiones digitales entre proveedores, operaciones y clientes encontraron un impacto en sus ingresos significativamente menor tras la pandemia en comparación con sus competidores. Además, estas cadenas de valor conectadas han mejorado su capacidad de lanzar nuevos productos más rápidamente. A medida que la resiliencia industrial evoluciona para incluir no solo capacidades internas, sino también un enfoque colaborativo, las organizaciones deben priorizar la digitalización de las relaciones para asegurar su ventaja competitiva en el futuro.




